Cuando evaluamos a una persona, es muy fácil proyectar sobre ella nuestro propio sistema de valores. Lo que a nosotros nos parece un comportamiento sospechoso, incoherente o incluso problemático puede, en otro contexto, ser completamente normal.
Por ejemplo, hay culturas en las que evitar el contacto visual es una señal de respeto. Para otras, eso enseguida genera dudas. Hay lugares donde la comunicación directa se considera positiva, mientras que en otros se percibe como grosera.
Y aquí es donde entran los sesgos.
Cuando no somos conscientes de ellos, en realidad no estamos analizando a la persona. Estamos analizando la brecha entre ella y nosotros.
En el perfilamiento empresarial, esto es especialmente crítico. Se toman decisiones sobre personas: candidatos, socios, proveedores. Un error de interpretación puede llevar a dejar escapar a una persona excelente o, peor aún, a no identificar un riesgo real.
Entonces, ¿qué aprendemos de esto?
Antes que nada, humildad profesional. Comprender que no todo lo que nos parece "correcto" lo es realmente.
En segundo lugar, el contexto. Preguntar siempre: ¿de dónde viene esta persona? ¿Su comportamiento encaja con la cultura de la que proviene?
Y por último, la combinación adecuada entre herramientas analíticas y comprensión humana. Sin esto, no hay verdadera objetividad.
Quien trabaja con personas debe entender las culturas. De lo contrario, simplemente está adivinando.